miércoles, 13 de octubre de 2010

La solicitud de Kafka


Teresa Cañas

Sonó la radio-despertador. Las siete en punto. El locutor hablaba sobre una catástrofe ferroviaria acaecida en el norte. Aunque sintió algo extraño, como una bruma en la habitación, apagó el despertador dispuesto a disfrutar de los diez minutos de indulto previos a que, de nuevo, la radio le avisase que debía cumplir con su deber. Cuando comenzó otra vez a sonar la radio se levantó y, como cada día, atravesó el pasillo que daba al cuarto de baño. Sorprendido, observó que era noche cerrada.  Hubiera asegurado que era mayo y que el día anterior no había tenido que encender la luz. Conocía sus dificultades para pensar con claridad nada más levantarse, así que se metió en la ducha y, preocupado como estaba por el talante que exhibía últimamente su jefe, olvidó la noche cerrada y esa impresión confusa que había tenido desde el mismo momento que sonó el despertador. Se vistió y se afeitó y recordó que el jefe le había pedido, con muy malos modos, los balances de abril. Eso lo recordaba perfectamente. Se alarmó, por tanto, y fue a la habitación, dispuesto a despertar a su mujer para que le aclarase lo que empezaba a ser una fastidiosa cuestión, la fecha de hoy.

Su mujer no estaba en la cama. Hubiera jurado que ayer cenó con su mujer y estuvieron hablando largamente sobre el clima de asfixia en la oficina. Pero, era evidente que estaba equivocado y seguro que lo había confundido con cualquier otro día ya que las cenas en las que se sacaba a relucir los problemas laborales empezaban a ser bastante habituales. Su mujer, pues, no estaba en casa porque era la noche que le tocaba atender a su madre enferma, esa vieja tacaña y agriada que hasta en plena demencia estaba empeñada en arruinar su matrimonio.

No obstante, el asunto del mes seguía sin resolverse. Hizo el café y sacó la leche de la nevera dispuesto a calentarla, como cada día, en el microondas, mientras intentaba poner en orden sus recuerdos. Con un gesto automático, el de siempre, mientras recordaba la cara abotargada del jefe, se dispuso a abrir el electrodoméstico para meter el tazón de café con leche. Pero fue un movimiento absurdo que terminó con una pirueta en el aire. Debería poner más atención a lo que hace. Así que miró el microondas, el cual, seguía estando igual de blanco e inerte que siempre excepto en un detalle: la palanca que desde hace años servía para abrir el microondas había desaparecido. Se enfureció con su mujer; vaya manía la suya de cambiar los objetos de sitio. Como cuándo estuvo durante diez minutos buscando las tazas del desayuno y no aparecían por ninguna parte, hasta que se le ocurrió mirar en el armario destinado a las fuentes y ensaladeras y ahí estaban.  Se preguntó cómo su mujer podría haber hecho que, en lugar de la palanca, estuviera ese metal blanco e impersonal que sugería que nunca pudo haber una palanca allí, siendo, como era, el microondas que abría cada día para calentar la leche desde hace años, con el familiar rayón en el cristal de la puerta. Por tanto, empezó a manosear el aparato por los lados, por el frente y por la superficie de arriba, y nada. No aparecía la palanca por ningún sitio.

Miró el reloj de la cocina. Y media pasadas. Se había entretenido. Decidió que desayunaría después de fichar en el trabajo. Salió a la calle. Efectivamente, era invierno. Un aire frío y cortante le golpeó la cara y le llegó a los huesos, vestido como estaba con una camisa de verano y una chaqueta ligera, su atuendo habitual de primavera para acudir al trabajo. Subió a casa de nuevo y cogió el abrigo del perchero recordando, nítidamente, como su mujer le había dicho hace unos días que todavía no iba a guardar el abrigo porque, ya se sabe, hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo. Obviamente, estaba equivocado y esa escena que recordaba tan bien de su mujer en el pasillo pronunciando esas palabras tenía que haber sido, sin lugar a dudas, hace un año.  En los últimos tiempos habían sido tan similares los días, las semanas, los meses, que no era de extrañar que hubiese confundido un año con otro.

Las ocho menos cuarto. En esta ocasión, no tendría más remedio que coger el metro. Era algo que le molestaba profundamente. Si en algo se vanagloriaba delante de sus compañeros y amigos era que él podía ir al trabajo andando, con un paseo de veinte minutos a paso ligero. Esta circunstancia feliz de su vida, como cuando ganó un viaje a París en un sorteo, había logrado provocar más de una mirada de envidia. Pero ese día, si no quería oír al energúmeno de su jefe, iría como tantos otros trabajadores de mirada degollada, de mirada sin mirada, que a esas horas se dirigían a su puesto de trabajo. Así que se encaminó en sentido contrario, hacia la plaza, con la finalidad de que, en solo dos paradas de metro, ocho minutos, pudiera llegar.

Pero en la plaza, atestada de gente, faltaba la boca de metro que siempre había estado en su ángulo izquierdo. Las escaleras, los barrotes de hierro, el rombo rojo con el nombre, habían desaparecido. Miró perplejo el suelo de ese ángulo, baldosas compuestas de cuadrados grises y sucios, con algunos escupitajos y varias colillas, exactamente igual al suelo del resto de la plaza. Evidentemente, había el ayuntamiento cambiado de sitio la boca de metro y él, últimamente tan ensimismado en sus conflictos laborales, ni se había enterado. Le asombró la perfección con que había realizado esa obra un ayuntamiento famoso por sus chapuzas.

Se iba haciendo tarde, casi las ocho marcaba el reloj de la plaza. Se acercó a un hombre para preguntarle donde estaba la parada de metro y éste le masculló algo en otro idioma. Momentos más tarde, una alegría trepidante se apoderó de él. ¡Le había entendido! ¡Había dicho claramente “I don´t understand you”!. Tantas horas estudiando habían dado su resultado. Ya nunca más su mujer podría decirle que había despilfarrado el dinero con esa compra de curso de inglés a distancia. Con la satisfacción en el rostro, se acercó a otro hombre de mirada sin mirada para preguntarle por la ubicación del metro, pero ni siquiera se paró a escucharle. Y lo mismo pasó con dos personas más, una mujer y un hombre mayor.

Acuciado por la hora y sintiéndose incapaz de coger el metro decidió ir andando al trabajo. Casi corriendo, hizo el trayecto habitual mientras pensaba que excusa le daría al jefe. Obviamente no iba a decirle que no sabía en que mes estaba, ni donde estaba su mujer, ni como se abría el microondas, ni en que lugar se cogía el metro. Le hubiera tomado por loco y sus chanzas hubieran sido interminables. Decidió contarle que su suegra había empeorado y tuvieron que llevarla de madrugada a Urgencias. Al fin y al cabo, su jefe ya sabía del estado precario de salud de suegra.

Llegó, al fin, con la lengua afuera y en la oscuridad de la noche, al portal de su oficina. Estaba cerrada, con las verjas metálicas echadas y el cartel que indicaba que el horario de atención al público era de 8,30 a 14, 30 h. Exhausto, se sentó en el banco de enfrente. No entendía como podía haberse retrasado su jefe en abrir la oficina y no hacía más que darle vueltas a qué error podía haber cometido para que las cosas no hubieran seguido su curso habitual esa mañana. En el otro extremo del banco, un joven alto y delgado, vestido de gris, de aspecto pulcro y discreto, con las piernas cruzadas, parecía estar contemplando un bello paisaje en medio de la noche.

Después de un buen rato apareció la inconfundible mole de su jefe enfundada en su traje de primavera acercándose pausadamente. Dio un respingo al que siguió un suspiro de alivio cuando el jefe le felicitó por acudir al trabajo tan pronto. Apareció en sus labios  esa sonrisa ajena que automáticamente provocaba siempre la mirada de su jefe dirigida hacia él..

Pasaron a la oficina. Minutos más tarde, el joven que había permanecido sentado en el banco entró y preguntó, con voz apacible, si ya estaba abierta al público. “Mi empleado le atenderá”, respondió el jefe, deletreando despectivamente “mi empleado”. Éste sonrió de nuevo. “¿Qué desea?” preguntó al joven. “Me llamo K. y soy agrimensor” contestó éste.

Publicado en Revista Axis, Febrero 2005,  Sección Médicos y artistas

 




En busca del sentido de Viktor Frankl



En memoria del Prof.  José Luis Rubio


Dudé un poco antes de leer la última página del libro. Por un lado, el deseo de seguir en ese estado de desprendimiento del uno-mismo cotidiano al que lleva una lectura que interesa; por otro, las ganas de apurar hasta la última gota de ese texto para empezar su digestión, permitir que el significado de sus palabras pase a los nervios y vasos y llegue a ese lugar misterioso de dentro de nosotros que parece reírse de la ciencia. Opté por esto último. El último párrafo ya lo conocía; lo había leído, escuchado o soñado en otra época. Era el siguiente: “Nuestra generación es realista, pues hemos llegado a saber lo que realmente es el hombre. Después de todo, el hombre es ese ser que ha inventado las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shema Yisrael en sus labios”. Se trataba del libro El hombre en busca de sentido del psiquiatra Víktor Frankl.

Viktor Frankl nació en Viena en 1905 en el seno de una familia judía. Mantuvo siendo adolescente relación epistolar con Sigmund Freud y posteriormente fue discípulo de Alfred Adler, lo cual no le impidió crear más tarde una nueva escuela, la logoterapia, llamada también la tercera escuela vienesa de psicoterapia. Obtuvo el título de doctor en Medicina en 1930 y en 1938 fue nombrado Jefe del Departamento de Neurología del Hospital Rostchild. En 1942, ya casado, fue hecho prisionero por los nazis, al igual que su mujer, embarazada de su primer hijo, sus padres y sus hermanos. Pasó por cuatro campos de concentración, uno de ellos Auschwitz, donde permaneció hasta su liberación en 1945. Durante esos años murieron su mujer, sus padres y su hermano.

Tras su liberación volvió a Viena y fue nombrado Jefe del Departamento de Neurología del Hospital Policlínico. Se casó por segunda vez y tuvo una hija. Fue catedrático de neurología y psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena y ocupó varias cátedras en Estados Unidos en las Universidades de Stanford, Dallas, Harvard, San Diego y Pittsburg; fue presidente de la Sociedad Médica de Psicoterapia de Austria; recibió varios doctorados Honoris Causa; impartió conferencias y cursos alrededor de todo el mundo; escribió treinta y dos libros, que han sido traducidos a varios idiomas, además de una gran cantidad de artículos; obtuvo el grado de Doctor en Filosofía, en 1949, con una tesis doctoral que, en su traducción al castellano, es conocida con el título de La presencia ignorada de Dios. A los 67 años consiguió la licencia de piloto de aviación. Murió el 3 de Septiembre de 1997, a los 92 años.

El libro El hombre en busca de sentido es un relato autobiográfico de los años pasados en los campos de concentración nazi. Escrito desde las entrañas, narra la búsqueda estremecedora del motivo para continuar viviendo en un hombre al que solo le queda, como él dice, su existencia desnuda. En sentido literal. Despojado de alimentos, de ropa, de dignidad, de expectativas de vida, sometido a golpes y humillaciones de forma permanente, con el hambre acechando continuamente en el pensamiento, narra como la huida hacia su propio interior, las ensoñaciones, el recuerdo patente de las personas que amaba, la belleza inevitable de las puestas de sol, el sentido del humor entre los prisioneros y la solidaridad de algunos de ellos, resultaba un acicate importante para seguir viviendo. Pero sobre todo cuenta que, en ese mundo en que el único fin y el único valor era la supervivencia de uno mismo y de sus amigos, el mantenimiento del sentimiento de la propia individualidad, con una libertad interior y un valor personal, era posible. Al hombre, dice, se le puede arrebatar todo excepto la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias –para decidir su propio camino. Y que esta elección es una decisión íntima que puede hacerse en cualquier situación, entre las que se incluyen las que conllevan profundo sufrimiento, como fue su experiencia en estos campos de concentración, que podía convertirse en una victoria, un triunfo interno, o bien ignorar el desafío y limitarse a vegetar como hicieron la mayoría de los prisioneros. La conclusión de Frankl es clara: lo importante no es lo que esperemos de la vida, sino lo que la vida espere de nosotros. Vivir es asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo. El hombre es, dice, el ser que siempre decide lo que es y en estas circunstancias límites en ambos bandos encontró dos tipos de hombres: los “decentes” y los “indecentes”. Y reconoce que fueron los mejores, justamente, los que no regresaron. La segunda parte de este libro explica los conceptos y técnicas fundamentales de la logoterapia, basada en esta concepción del hombre. A pesar de la crudeza de los hechos que relata, el texto rezuma optimismo sobre las posibilidades del ser humano, optimismo que, dada las experiencias que sufrió el autor, debe al menos ser tenido en cuenta.

Cuando finalicé la lectura, coloqué el libro en la estantería. Me dispuse a preparar la cena. Mientras la televisión al fondo hablaba de las habituales muertes absurdas, del blablabla de los políticos, del maltrato de las mujeres, del glamour de las actrices, piqué las cebollas y corté en rodajas las patatas. Puse el aceite a calentar mientras pensaba, como cada noche, que la sartén estaba descascarillada y debería comprar una nueva. Cuando llegaron las noticias deportivas vino súbitamente a mi memoria el vocablo “Viktor Frankl”. Pero, a pesar del relato impactante que había leído por la tarde, este nombre vino acompañado de la misma imagen que le ha acompañado en los últimos quince años. Es la imagen de un hombre ya de edad, de barba impecable y modales impecables. Fuma en pipa en una época en que fumar no es un signo de debilidad sino de distinción. Es José Luis Rubio, catedrático de Psicología de la Universidad de Valladolid, ya fallecido. Habla bastante con nosotros, médicos jóvenes en formación de la especialidad de psiquiatría del Hospital Clínico de esa ciudad. Se refiere a cosas que a veces no entendemos y a veces no nos interesan. Somos jovencitos desasosegados y ansiosos por aprender los sistemas de neurotransmisión cerebral, la psicofarmacología, los síntomas primarios de Schneider, las claves de la técnica en la psicoterapia de apoyo y, en los momentos de rebelión, por entender lo que significa el goce de Lacan. El Dr. Rubio, con voz suave, a veces, hace recomendaciones. Me dice: “Lea usted a Víktor Frankl”, así, de usted, como él siempre llamaba a los psiquiatras en formación.

Le hice caso. En mi librería guardo varios volúmenes de este autor sobre logoterapia, que llené de subrayados y notas al margen, de los que no recuerdo nada. Obvié la lectura de su libro princeps, El hombre en busca de sentido. Conocía su contenido. Un relato personal sobre una experiencia tan ajena a la mía no me enseñaría nada práctico, pensé. Entonces yo aún no sabía que las sustancias que forman el ser humano también están compuestas de átomos de misterio y de destino.

Hace unas semanas mi marido, en una de sus remesas periódicas en la librería, trajo, entre otros, este libro. Días después un amigo me habló de refilón de él. Y lo he abierto como se abre un cofre de recuerdos, bajo la mirada atenta del Dr. Rubio, fuera del espacio y del tiempo. Ya lo he cerrado. Una urdimbre invisible e imperecedera que empieza en Viktor Frankl, sigue por José Luis Rubio, mi marido, mi amigo, yo, aquél que ojee estas letras y lea un libro de Frankl, se ha creado. Una urdimbre ajena e indiferente a la formada por los espectadores anegados por la inundación de colores y sonidos que en este momento salen de la televisión. Y tan real como ella. “Lea usted a Viktor Frankl”.

Publicado en Revista Axis, Octubre 2004,  Sección Médicos y artistas

Variaciones Goldberg

Variaciones Goldberg

Mª Teresa Cañas

  
Variación 1

Johan Gottlieb Goldberg, aún un niño, toca el clavicémbalo en la alcoba contigua a la del conde Herman Karl Von Kaiserling, embajador de Rusia en la corte de Dresde. Hace frío en esa alcoba de 1742 y el niño, con dones excepcionales para el clave, buscando agradar a su protector y también a él mismo, interpreta música alegre y familiar. Más el conde padece insomnio y lo que desea es que la música que toca el niño Goldberg le ayude a descansar y no a sonreír. Por eso encarga al maestro de quien es discípulo aventajado ese niño una obra “tranquilizante mejor que alegre”; el maestro, amigo personal del conde y admirado por él, se apresura en satisfacer su deseo. Compone el Aria con variaciones y ornamentaciones para clavecímbano de doble teclado, treinta variaciones sobre un tema, una sarabanda incluida en el librito de composiciones que regaló a su mujer- el álbum de Ana Magdalena- para que ésta aprendiera a tocar el clavicordio. El conde, agradecido, entregará al maestro una tabaquera y cien luíses de oro, posiblemente los honorarios más altos que haya recibido nunca el compositor. Desde entonces el conde Von Kaiserling dirá al niño que pasa frío las noches que no pueda descansar: “Querido Goldberg, tócame una de mis variaciones”. Y las variaciones de esa aria pasarán con el tiempo a llamarse Variaciones Goldberg.

Observo un retrato de Johan Sebastian Bach, el singular maestro del niño Goldberg.  Viste una casaca azul con una hilera de grandes botones plateados. Por debajo de la casaca desabrochada, una camisa blanca en cuyo puño se asoman los perifollos propios de la época. En la mano derecha sostiene un papel en el que se adivina una partitura, si bien el gesto con el que ha sido retratado el maestro parece más propio del que entrega una factura que debe cobrar sin dilación. Su rostro, abotargado, muestra un rictus de firmeza y leve desagrado. El ceño fruncido, los labios –pequeños y carnosos- apretados, los ojos hundidos miran como escudriñando a aquel o aquello que tiene frente a él. Una cierta avaricia, rigidez y propensión a la cólera me transmite su rostro. La cara es el espejo del alma, pienso.

Suena la primera variación. Cuando Golberg, el niño excepcionalmente dotado para el clave la interpretara, Kaiserling descansaría. Una música hecha para disipar la preocupación que ahuyenta el sueño; una música que consigue, tras los ajetreos en la corte o en el trabajo o en el amor, la reconciliación con el sueño. Todo está bien, eso es lo que se oye en esta música. La cara es el espejo del alma, sí, digo al mirar el retrato de Bach; pero de qué alma, me pregunto, cuando escucho su música.


Variación 2

En 1955, un joven pianista canadiense graba para la CBS en la ciudad de Nueva York las Variaciones Goldberg de Bach. Aunque es Junio, lleva puesto un abrigo sobre la chaqueta, suéter, bufanda de lana en el cuello, guantes y una gorra. Trae consigo una silla de madera de arce canadiense. Su forma de tocar es peculiar. Se encoge sobre sí mismo y toca de abajo arriba, al revés que el resto, que lo hacen de arriba abajo. Y tararea la música mientras toca. Este joven, llamado Glenn Gould, se hará mundialmente famoso en poco tiempo, no solo como virtuoso del piano sino también por sus excentricidades dentro y fuera de la sala. En 1964, con 32 años, dará su último concierto. El calor del público le deja helado.

Es un hombre extravagante, maniático con el orden, come invariablemente huevos revueltos y galletas, no da la mano a nadie, pierde los nervios cuando alguien le toca. Se muestra muy preocupado por su salud y especialmente por sus manos, que introduce en un cubo de agua caliente antes de cada sesión al piano. Indiferente a la temperatura ambiental, siempre lleva guantes y va abrigado. Detesta las relaciones sociales, en los últimos años de su vida no habla casi absolutamente con nadie, sólo por teléfono, parapetado en su casa. Tras su muerte es diagnosticado de forma retrospectiva de síndrome de Asperger, una especie de autismo leve caracterizado por la insociabilidad, la falta de reciprocidad en la relación con otros, los intereses restrictivos, los rituales estereotipados y las pautas de comportamiento repetitivas. Un tío raro.

Suena  la segunda variación. Cuando Glenn acariciase las teclas del piano en el estudio de grabación de la CBS y se empezara a escuchar su música, los entendidos allí presentes olvidarían su postura agazapada, su abrigo indecoroso, la bufanda de lana. Una gracilidad inusitada, comunal y apasionada empapa el aire. Todo está bien, dice esa música. Un tío excéntrico e insociable, sí, pienso mientras miro su foto; pero qué capacidad tan tremenda y profunda de comunicación tiene, digo, cuando le escucho tocar.


Fuga en mi mayor

Castilla amarillea. Bordea un cementerio el lado izquierdo de la carretera mientras el sol se concreta en un círculo rojo y fulgurante por el horizonte y anega de sombra los campos de trigo y de cebada. Pongo la última pieza grabada en ese disco de un pianista autista que interpretó las variaciones de un aria que compuso – a su vez- un genio con cara de banquero para que, al tocarlas un niño superdotado, un aristócrata pudiera descansar de su ajetreo. Se trata de la fuga en mi mayor de El clave bien temperado, una variación más de la misma sarabanda. Todo está bien, es lo que se oye mientras anochece. Recuerdo entonces la pregunta que se hizo Sloterdijk: ¿dónde estamos, cuando escuchamos música?. O qué, o quiénes, añado yo. Los pájaros se agrupan en bandadas. El verano se acaba. Hace frío.

Publicado en Revista Axis, Diciembre 2005,  Sección Médicos y artistas

Marmeládov



Teresa Cañas

Fiodor Dostoievski nos ha presentado hace tiempo, en sesión clínica, el caso de un alcohólico al que llamó Marmeládov, nombre que en el idioma ruso significa algo así como falta de fuerza de voluntad. Lo expuso así:

Se trata de un varón de nacionalidad rusa, residente en la ciudad de San Petesburgo, “como de cincuenta años, de mediana estatura y de constitución recia, algunos pelos canosos en el cráneo mondado; una cara con pintas amarillas y hasta verdosas, por efecto de la bebida, y los pómulos salientes, por debajo de los cuales fulgían unos ojillos pequeñines como rendijas y que lanzaban miradas llenas de vivacidad y rojizas”. Pero, según refería Fiodor, en esa mirada resplandecía también cierta solemnidad y al mismo tiempo dejaba traslucir algo de locura.
La descripción que hizo de su vestimenta fue la siguiente: “vestía un viejo frac negro, completamente hecho jirones, con los botones caídos. Sostenía, sin embargo, uno de ellos, y él se lo abrochaba con el visible afán de conservar el decoro. Por debajo del chaleco de nanquín se abombaba una corbata de plastrón, llena de salpicaduras y de manchas. Llevaba la cara afeitada, a lo funcionario, pero hacía ya mucho tiempo que no se afeitaba, de suerte que empezaban a brotarle en las mejillas matas de rudos pelos. También mostraban sus gestos, efectivamente, algo de gravedad burocrática”.
Entre los antecedentes personales destacó que Marmeládov era funcionario y que había enviudado hace unos años de su primer matrimonio, en el que tuvo una hija llamada Sonia. Vivió en una población remota, donde conoció a la que es su actual mujer, Katerina Ivánovna, también viuda y madre de tres niños pequeños, que, al perder a su marido, se había quedado en una situación de extrema pobreza. Katerina, una mujer culta y de familia distinguida, consintió casarse con él “llorando y gimiendo” porque no tenía adónde ir. Por esa época Sonia tenía ya catorce años. Tras la boda, Marmeládov estuvo un año entero sin beber, cumpliendo con su trabajo y sus deberes de marido y padre. Pero le cesaron en el trabajo por un cambio de personal y volvió al aguardiente. Pasaron muchos apuros y al año siguiente se fueron a vivir a San Petesburgo, donde encontró un empleo que perdió poco después a causa de la bebida.
En la actualidad, nos dijo, la familia vive en un cuchitril infecto en un barrio de la ciudad, donde Sonia, que ya se ha hecho mayor, se prostituye para mantener a la familia. No pagan al casero y éste les amenaza con echarles y ha llegado a pegar a Katerina, que está enferma de tuberculosis. Marmeládov pasa el día de taberna en taberna, y cuando vuelve a casa Katerina se enfada mucho y le tira de los pelos. Hace unas semanas consiguió un nuevo trabajo y durante unos días dejó de beber. Katerina y Sonia, en este tiempo, le mimaban mucho. Cuando llevó el primer sueldo a casa, Katerina hasta le acarició la mejilla y le llamó “nenito mío”. Y durante ese día, Marmeládov fue totalmente feliz soñando cómo vestiría a los niños, las cosas de la casa que arreglaría, y que su hija podría de nuevo llevar una vida honrada. Pero al día siguiente, por la noche, cogió el dinero del arca donde lo había guardado Katerina y se lo bebió todo, no apareciendo por casa en cinco días.
Cuando a Marmeládov se le pregunta porque bebe, dice que es porque quiere sufrir doble.

Páginas más tarde, Fiodor nos ha contado que la evolución de este caso ha sido catastrófica. Marmeládov ha muerto en un accidente de tráfico: ha sido atropellado por un coche de caballos. Como pasa frecuentemente en las personas alcohólicas, se desconoce si realmente ha sido un accidente causado por la borrachera que tenía o fue un suicidio. Según declaró el cochero, fue derecho a meterse entre las patas de los caballos, aunque él le avisó hasta tres veces y los caballos iban, como quien dice, al paso. “No parece sino que lo hizo adrede o que estaba muy borracho”, comentó el cochero.

También nos ha dicho Fiodor que Marmeládov, pocos días antes de su muerte, había estado hablando con un joven estudiante harapiento y orgulloso llamado Raskólnikov. Se emborrachó con él y le contó su vida. Después le llevó a su casa, donde Raskólnikov conoció a Katerina, furiosa y febril, y a sus tres pequeños hijastros,  desvalidos y tristes. Y este estudiante pobre asesinó a una vieja usurera para demostrarse a sí mismo que él no era un piojo como Marmeládov, sino que pertenecía a la clase de hombres extraordinarios tipo Napoleón, aquellos que tienen derecho a cometer crímenes e infringir las leyes sólo por el mismo hecho de ser extraordinarios.
Tras su crimen, Raskónikov sufrió mucho. Sonia, la hija prostituta de Marmeládov, le amó profundamente y le convenció para que se entregase. Y le siguió a su presidio en Siberia, donde Raskólnikov continuó sufriendo no porque estuviera arrepentido, sino porque se sentía un fracasado. Y mostraba su desprecio por la hija de Marmeládov.
Hasta que un día Raskólnikov soñó que había en el mundo una plaga cuyos gérmenes volvían totalmente locos a los hombres, aunque los que se contagiaban se consideraban más inteligentes que nadie. Por eso, no podían ponerse de acuerdo sobre lo que era bueno y lo que era malo. Y esta peste ocasionó una catástrofe mundial. Cuando volvió a ver a Sonia, la hija de Marmeládov, Raskólnikov sintió que algo le cogía y le echaba a sus pies; y sin necesidad de hablarse ambos comprendieron que habían resucitado gracias al amor y que “el corazón del uno encerraba infinitas fuentes de vida para el corazón del otro”.

Pero, como dice Fiodor Dostoievski, esta es otra historia diferente a ésta de crimen y de castigo. Él dice que “aquí ya empieza una nueva historia, la historia de la gradual renovación de un hombre, la historia de su tránsito progresivo de un mundo a otro, de su conocimiento con otra realidad nueva, totalmente ignorada hasta allí”. La nueva historia de Raskólnikov y la hija de Marmeládov.


Publicado en Revista Axis, Octubre 2003

El suicidio de Lady Macbeth

El suicidio de Lady Macbeth

Mª Teresa Cañas

El médico previene a la dama subalterna –“Velad sobre ella. Alejadla de todo objeto con que puede causarse mal y no le quitéis ojo de encima”. Y al marido. Le avisa de la imposibilidad de su ciencia para sanarla –“En tales casos, el paciente debe ser su médico”.

Ella es una mujer fuerte, aguerrida, bella en su altura milenaria, bella en su pose y en el  brillo de sus ojos. Bella en su peso lacio. Es la señora del castillo. Su misión es cuidar la hacienda, vigilar a los criados, administrar las provisiones. Y esperar. Esperar a que llegue el marido de la guerra o esperar que llegue la noticia de su muerte. Matrimonio sin fruto, sin hijos, su unión se ha consolidado por la espera de ella y la noticia de las hazañas heroicas de  él. Ella le espera. Y un día, el día más hermoso y más feo –“lo hermoso es feo y lo feo es hermoso” – llega una carta de él. Lee sobre su victoria en la batalla, sobre los honores con que le agasajan y sobre una misterioso presagio de unas brujas en el páramo. Le han dicho: “Salve a ti, que serás rey”.

“Salve a ti, que serás rey”. Se ha abierto la posibilidad a lo imposible. Lady Macbeth deja de ser espera y se convierte en la cuarta bruja de la tragedia de Macbeth. Con sus ojos incendiados,  vislumbrará posibilidades nuevas – “cuan grande es el destino que te pronostican”. La espera se vuelve pasado y ahora empezará a analizar los obstáculos para que el presagio se haga realidad, la manera de eliminar esos obstáculos. El principal es, piensa, el corazón de su marido – “desconfío de tu naturaleza. Está demasiado cargada de la leche de la ternura humana para elegir el camino más corto. Te agradaría ser grande, pues no careces de ambición; pero te falta el instinto del mal, que debe secundarla. Lo que apeteces ardientemente, lo apeteces santamente”-. Ella sabe que lo que se desea ardientemente nunca puede ser santo, nunca puede ser tierno. Para satisfacer un deseo ardiente es necesario el instinto no torcido, no educado, no domesticado. Es necesario el instinto con toda su bravura. Por eso recrimina al futuro rey, su marido, la fragilidad de su deseo, la tibieza de su pasión. Le empuja a la acción. Acción que se convertirá, piensa ella, en imagen vana como los durmientes y los muertos. Se desvanecerá, como un sueño, con un poco de agua con que lavar las manos ensangrentadas. Salve a ti, que serás rey.

El marido, a instancias de la mujer, comete el crimen. Acuciado por la posibilidad que otorgan las brujas y el coraje que transmite la mujer, mata. Más la acción no se vuelve imagen vana, no se desvanecerá con un poco de agua con la que limpiar las manos, como piensa ella. Con la muerte del rey Duncan llega otra muerte, se ha asesinado también al sueño de Macbeth. Y con este asesinato del sueño, parece decir Shakespeare, se asesina todo lo que en el corazón de Macbeth había que fuera ajeno al presagio de las brujas. Con el asesinato de Duncan, con el asesinato del sueño, Macbeth se vuelve ambición hecha cuerpo, dardo certero que debe llegar al centro de la diana que pronosticaron ellas. Pero la diana que marcan las brujas tienen un sentido equívoco, su blanco se convierte a su vez en agujero negro si uno no está atento, no está al acecho. Y así Macbeth mata el sueño y se convierte en el vigilante eterno del presagio. No reinará siendo rey sino será sólo el vigilante sin sueño.

Lady Macbeth, aquella mujer que un día dejó de esperar y decidió volver posible lo imposible, esa cuarta bruja de esta tragedia, la que impelió a su marido a la acción eliminando los obstáculos de su corazón blanco, aquella que pensó que la acción sería solo una imagen vana como los durmientes y los muertos que se borraría con un poco de agua, pronto se apercibe que no es así, que Macbeth ha asesinado también el sueño y con ello la posibilidad de que su acción se volviera vana imagen. –“todo se pierde cuando nuestro deseo se realiza sin satisfacernos. ¡Vale más ser la víctima que vivir con el crimen en una alegría preñada de inquietudes”.

“Las cosas que principian con el mal, sólo se afianzan con el mal”, avisa Macbeth. Y el crimen empuja, inexorable, a otros crímenes. Para que se cumpla el presagio de las brujas, para que llegue el dardo a su centro, el marido debe afianzar un crimen con otro y éste con el siguiente. Ella, la que antes esperaba, se da cuenta que ya no puede esperar nada, porque él, llamado por su acción y el presagio de las brujas, se ha convertido en el dardo que apunta al centro de la diana. Él, al asesinar también el sueño, ha matado cualquier posibilidad, se ha quedado fijado como dardo al centro al que apuntó su acción criminal. En blanco permanente, en agujero negro permanente, se convierte una acción cuando el sueño no puede convertirla en imagen evanescente. “Tenéis necesidad de lo que condimenta toda naturaleza humana: el sueño”, advierte al marido la mujer.

Como él no puede dormir, ella se convierte en durmiente. Empieza a ser una sonámbula de sus sueños. Inmersa en éstos, ella se levanta, abre el pupitre, saca un papel, lo pliega, escribe en él, lo lee y vuelve al sueño. ¿Qué escribía, sonámbula, Lady Macbeth? Y sobre todo, lava una y otra vez sus manos, siempre queda una mancha, una mancha de sangre, siempre el hedor de la sangre en sus pequeñas manos. No ve nunca limpias sus manos, “quién hubiera imaginado que había de tener aquel viejo (Duncan) tanta sangre”. Pide a su marido, al que antes esperaba, que él también se lave y vaya a dormir a su lecho. Pero él no puede ya descansar, ha asesinado el sueño. Ella lo sabe -“lo hecho no se puede deshacer”- nunca la acción con la que quiso dejar de esperar se borrará de sus manos. Se ha hecho imposible lo posible. Decide por tanto convertirse ella misma, para siempre, en una  imagen vana, como los durmientes y los muertos. Se mata.

Seyton - “Señor, la reina ha muerto”

Macbeth - “¡Debería haber muerto un poco después! ¡Tiempo vendrá en que pueda yo oír palabras semejantes! El mañana y el mañana y el mañana avanzan en pequeños pasos, de día en día, hasta la última sílaba del tiempo recordable; y todos nuestros ayeres han alumbrado a los locos el camino hacia el polvo de la muerte... ¡Extínguete, extínguete fugaz antorcha!... ¡La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena y después no se le oye más...; un cuento narrado por un idiota con gran aparato, y que nada significa!”

Macbeth, convertido en dardo, llega al agujero negro, no al centro de la diana blanca. Fue una ridícula marioneta que se contorneó un rato bajo la dirección de escena de las cuatro brujas. Su cabeza pende ahora, al fin, bajo el brazo de los súbditos leales al rey Duncan.

Publicado en Revista Axis, Octubre 2005, sección Médicos y artistas

Los “panic attacks” de Miguel de Unamuno



Mª Teresa Cañas


Ahora es más fácil. Puede que una noche sientas de repente un temor incontrolable, Dios sabe a qué, se te empape de sudor hasta las cejas, tiembles como una hoja de papel, el corazón se desboque, te quedes sin aliento, creas que te vas a desmayar o notas que te duele el pecho - el dolor se refleja sospechosamente en el brazo izquierdo lo que bien sabes que pasa en los infartos; te parece, de repente, que tu cuerpo se ha empeñado en actuar como si estuvieras, por ejemplo, en plena selva con un tigre hambriento a cinco metros, cuando en realidad te encuentras en la conocida penumbra de tu habitación y es como para volverse loco, piensas que te has vuelto loco o que te vas a morir o que te vas a poner a gritar como un salvaje o como un poseso. Pues aún así, ahora es más fácil. Sabes lo que hay que hacer: Avisar al 112. Vendrán los sanitarios como si cazadores de tigres se tratasen, te aconsejarán respirar despacio, te pondrán una pastilla debajo de la lengua y una bolsa de plástico alrededor de la boca y te dirán que te tranquilices y respires despacio. Te llevarán en una ambulancia atronadora e irás notando como poco a poco la pastilla va consiguiendo que se difumine el tigre y también la selva. En Urgencias, te harán análisis y un electrocardiograma y al poco rato –o después de un rato prolongado- vendrá el médico y te dirá que no tienes nada, o más bien, que tienes nervios, que has pasado una crisis de ansiedad y que si eso se repite deberías ir a un psiquiatra. Te quedarás con una sensación un poco rara, una mezcla de alivio y una cierta inseguridad hacia cómo un demonio loco se te pudo meter en el cuerpo. Al final, si te vuelve a pasar o te parece que puede volverte a pasar en los lugares más insospechados, en plena calle o en el supermercado, decidirás hacer caso y pedir consulta en Salud Mental. Allí, te explicarán lo que te ha pasado, depende de quién te dirá que es un problema de sustancias cerebrales o de conflictos inconscientes o de asociación de pensamientos e independientemente de la explicación, te tranquilizará. Te darás cuenta que no es nada raro, que esa persona trata a muchas otras que le pasa lo mismo y, casi seguro, te recetará unas pastillas que en pocos días serán un eficaz antídoto contra tigres imprevistos. Y si no fuera así, habrá un profesional que insistirá en buscar las armas adecuadas para combatir ese demonio que se te metió una noche.

Por eso, ahora es más fácil. Pero no siempre fue así. Sin ir más lejos, hace un siglo no era así. Y tenemos un testimonio importante sobre ello, uno de los escritores españoles más importantes del siglo XX, filósofo, novelista, dramaturgo, articulista, un hombre que estuvo siempre en el vértice de la actualidad española: Don Miguel de Unamuno. Y ese hombre reflejó su angustia y sus crisis en cada una de sus obras, actualmente traducidas en casi todos los idiomas, y la convirtió en su inspiración creadora y en el sistema de alerta de su autenticidad.  Es por eso por lo que no está mal saber también que no siempre tiene que ser así.

Don Miguel debió sufrir crisis de angustia desde muy joven. En su primera novela, Paz en la guerra, novela que publicó en1896 y tardó diez años en escribir, ya describe las crisis de angustia que sufre Pachico, un personaje de la novela con gran carga autobiográfica. Así, nos cuenta como ciertas “reflexiones le llevaban en la oscuridad solitaria de la noche a la emoción de la muerte, emoción viva que le hacía temblar a la idea del momento, en que le cogiera el sueño, aplanado ante el pensamiento de que un día habría que dormirse para no despertar. Era un terror loco a la nada, a hallarse sólo en el tiempo vacío, terror loco que sacudiéndole el corazón en palpitaciones, le hacía soñar que, falto de aire, ahogado, caía continuamente y sin descanso en el vacío eterno, con terrible caída. Aterrábale menos que la nada el infierno, que era en él representación muerta y fría, mas representación de vida al fin y al cabo”.

Pero la gran crisis de angustia de Miguel de Unamuno, aquella a la que le han dado vueltas y más vueltas los estudiosos ocurrió en la noche del 21 o22 de Marzo de 1897. Aquella noche de Marzo, Don Miguel sufría insomnio... Daba vueltas en la cama, como otras tantas noches, con desasosiego. De pronto, sintió que el corazón le fallaba, tuvo de forma repentina conciencia del vacío de la nada, sintió la angustia, la congoja de la muerte, la sensación y el dolor del angor pectoris y un llanto incontenible le desbordó los ojos y el corazón. Su mujer, Doña Concha, asustada, le abrazó, acarició y le preguntó: “¿Qué tienes, hijo mío?”, expresión que llevaría siempre Don Miguel consigo como la muestra fehaciente de que el verdadero amor marital es en esencia maternal.

Por ese entonces aún no había 112. Miguel se levantó de la cama y salió por las calles de la ciudad dormida en la madrugada camino del convento de los dominicos con la consiguiente sorpresa del hermano portero que se encontró, a aquellas horas, a un catedrático aporreando la puerta. En su casa no sabían donde estaba y durante tres días faltó a sus clases en la Universidad, encerrado en una celda del convento de San Esteban rezando de cara a la pared y buscando desesperadamente  la forma de reencontrarse con la fe de su infancia. Después volvió a casa y empezó a escribir su Diario intimo, en el que refleja su desgarradora angustia,  su congoja, su soledad y, sobre todo, su búsqueda de la fe perdida. En él aparecen el relato de la crisis de angustia, el miedo a volverse loco, ideas de suicidio y una crítica feroz a su intelectualismo previo que le había hecho desdeñar lo misterioso (o religioso) que había dentro de él. Así, esta crisis de angustia derivó o se creó o formó parte –vete tú a saber – de una crisis religiosa. Crisis religiosa que no se resolvió nunca o se resolvió a la manera unamuniana, quedó en tablas, con esa agonía (angustia, congoja) permanente entre la razón y la fe. Agonía, lucha, que Unamuno interpretó como algo positivo y le llevó a decir cosas como “no quiero buscar mi paz interior en armonías, concordancias y compromisos que llevan a la estabilidad inerte, no quiero que firmen paz mi corazón y mi cabeza, sino que luchen entre sí, lealmente, pero con vigor. Soy y quiero seguir siendo un espíritu antinómico, dualista...”.

Don Miguel tuvo a lo largo de su vida en más ocasiones crisis de angustia, crisis que se complicaron a veces con síntomas agorafóbicos leves, frecuentes ideas de suicido y temores de volverse loco. Y muchas veces él pensó que estaba enfermo. Tanto es así, que tradujo a un amigo médico un libro de Mackenzie en el que se hablaba de una misteriosa Enfermedad X consistente en una serie de síntomas morbosos como sensación de malestar, general hipersensibilidad al frío, dispepsia, trastornos intestinales, respiratorios y cardiacos, de origen desconocido, y  llegó a pensar seriamente que él la padecía. Debió sufrir mucho con ellas y por ellas llegó a la conclusión  de que “el dolor es el camino de la conciencia, y es por él como los seres vivos llegan a tener conciencia de sí”.

Por eso te digo que ahora es mucho más fácil. No sé que hubiera pasado con Miguel de Unamuno si hubiera vivido ahora. Si habría aceptado o solicitado un tratamiento psiquiátrico para curar su angustia y si su obra y su pensamiento se hubieran modificado ante la probable mejoría de su trastorno. Pero está claro que gran parte de su obra y de su vida están cimentadas en esta angustia. Por tanto, te remito, sin más, a lo que él nos dice en un párrafo de ese libro suyo que tanto me gusta, su Vida de Don Quijote y Sancho:

“No sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos”, digo con Don Quijote. Y Don Quijote tuvo que decirlo en uno de esos momentos en que sacude el alma el soplo del aletazo del ángel del misterio; en un momento de angustia. Porque hay veces que, sin saber cómo y de dónde, nos sobrecoge de pronto, o al menos sin esperarlo, atrapándonos desprevenido y en descuido, el sentimiento de nuestra mortalidad. Cuanto más entonado me encuentro en el tráfago de los cuidados y menesteres de la vida, estando distraído en una fiesta o en agradable charla, de repente parece como si la muerte aleteara sobre mí. No la muerte sino algo peor, una sensación de anonadamiento, una suprema angustia. Y esta angustia, arrancándonos del conocimiento aparencial, nos lleva de golpe y porrazo al conocimiento sustancial de las cosas... A fuerza de ese supremo trabajo de congoja conquistarás la verdad, que no es, no, el reflejo del universo en la mente, sino su asiento en el corazón. La congoja del espíritu es la puerta de la verdad sustancial”

Publicado en Revista Axis, Junio 2005,  Sección Médicos y artistas

El peligro de leer a Poe



 Mª Teresa Cañas

Conocí al profesor Marfa una mañana de invierno en el parque, en Campo Grande. Mi perro, cuyo carácter resultaba de una extroversión apabullante siempre que de hembras de su especie se tratase, olió a su perra, una melosa cocker spaniel. Pronto hicieron buenas migas, él husmeándole continuamente el trasero y ella haciéndose la difícil pero insinuándose sin cesar en un juego erótico perruno de primera magnitud y no exento de elegancia. Mi perro pronto se enamoró de ella, así que separarle de su lado y, por ende, separarme yo del lado de su dueño, el profesor Marfa, empezó a ser una complicada tarea en la que había que derrochar una buena dosis de imaginación y algo de fuerza bruta. Tantos incidentes hicieron que pronto el antiguo profesor y yo entabláramos conversación. Empezamos hablando de los perros, su lealtad, sus gracias, lo que les gustaba para comer, donde dormían, si se subían o no a los sillones, qué pelotas les gustaban y qué mimos, lo desobedientes que eran, lo limpios, lo afectuosos, cariñosos y fieles, lo malo que es para ellos el chocolate, como educarles los esfínteres, la humanidad perruna y lo perros que somos los humanos…. En fin, esas conversaciones que se tienen habitualmente cuando uno saca a pasear al perro y tu perro hace buenas migas con otro perro que también está paseando con su amo. Pero a la tercera mañana que mi perro se encontró con la perra, su dueño, el ex profesor Marfa, tras las frases habituales de cortesía, me preguntó cual era la causa de que un joven como yo se pasara las mañanas en el parque con su perro en vez de ir a trabajar. No tuve más remedio que confesarle lo que desde hace más de dos años era mi triste realidad: me había convertido en un opositor. Me miró el ex profesor con una mirada en la que se apreciaba un punto de ironía y otro de vivacidad que me recordaba un poco la mirada de su perra cuando vacilaba a Terri, se sonrió y murmuró: “Ah, yo también fui opositor una vez…” Y fue entonces cuando me contó su historia, el relato con el que me perdió:

“Estudié Literatura Inglesa en Madrid con un expediente excelente. Pronto empecé a formar parte del Departamento de la facultad y me convertí en una persona muy apreciada por el jefe, un catedrático despistado y bonachón que presumía ser uno de los españoles que mejor conocían a Shakespeare. Tanto, que me invitó a su casa en alguna ocasión y me presentó a su mujer, una madurita alegre con la que congenie demasiado y a la que entretenía, ya imaginas cómo, mientras su marido se repasaba de nuevo Otelo. Pronto el jefe me propuso opositar para una cátedra en la que él sería el presidente del tribunal y los demás miembros personas que se dejarían llevar por su opinión, muy respetada en el ámbito universitario. Acepté y me preparé la lección magistral. Pero el grave error fue que elegí como tema a Edgar Allan Poe, al que no sé si habrás leído, pero cuyos relatos, además de inspirar terror, hablan de la tendencia que tenemos los seres humanos, o al menos alguno de ellos, a arruinarnos la vida. Así que leí a fondo sus relatos, sus poemas, conocí su biografía atroz, los ensayos sobre él y realmente preparé una verdadera lección magistral. Pero el día anterior a su lectura, empecé a darle vueltas y más vueltas a uno de sus cuentos, El demonio de la perversidad, en el que el protagonista no puede evitar confesar que ha cometido un crimen y lo confiesa sólo por “perversidad”, o sea, por una tendencia innata, un impuso primitivo y radical que le empuja irresistiblemente a efectuar algo que sabe con seguridad que es una equivocación o un error, a realizar alguna acción por la única razón de que no debería hacerla. Había algo que me intrigaba en ese relato. No dormí nada y con esos pensamientos enmarañados fui a examinarme; mi actuación fue excelente, aún teniendo claro desde el principio que el puesto era para mí, creo que la lección impresionó a todos… casi hasta el final. Porque entonces, para acabar, se me ocurrió hacer una broma un poco tonta en la que sacaba a colación mis conocimientos sobre los encantos más íntimos de la mujer del presidente del tribunal y admirado bienhechor mío. No pude luchar contra el demonio de la perversidad que Poe me había introducido en el cuerpo y la broma me salió tan hilada que sospecho que sin enterarme la había preparado yo mismo durante al menos la noche anterior al examen. El tribunal me suspendió “por aseveraciones infundadas y  falta de rigor y concisión”, dejando la plaza desierta ya que yo fui el único que me presenté. Por supuesto, no volví a entrar en el departamento, mis trabajos literarios fueron despreciados, mi novia me dejó y después de ello trabajé como profesor de literatura en un instituto hasta mi jubilación. Mi familia me rogó que fuera al psiquiatra quien me explicó que en realidad fue una manera de castigarme por mi relación con la mujer del catedrático. Estaba imitando, me dijo, al personaje de Poe que se delató a causa de la culpabilidad que sentía por haber cometido el crimen. Por eso, es preferible, si uno tiene algo que ocultar que no lea a Poe”

Obviamente, no era mi caso ya que mis oposiciones eran multitudinarias y desconocía al presidente del tribunal si lo había, y cómo no, a su mujer, en el caso de que la tuviese. Tampoco había matado a nadie. Además mi vida se había vuelto tan rutinaria y aburrida en los dos últimos años que había terminado haciéndose transparente. Por eso, no dudé en comprarme las obras de Poe y esa misma noche leí El demonio de la perversidad y algún otro cuento más. Para mi desgracia fue entonces, demasiado tarde, cuando me di  cuenta que bien el viejo profesor o bien su psiquiatra se habían equivocado. Lo que contagiaba del cuento de Poe no era necesariamente la necesidad de delatarse después de cometer una mala acción, no, había algo mucho más excitante que eso. Era, me pareció, la posibilidad de sacarle la lengua a lo conveniente, lo útil, lo lógico, lo acertado, lo práctico, lo razonable, y percatarse de la posibilidad que hay de realizar conscientemente alguna acción totalmente absurda, totalmente degradante para uno mismo y sin sentido. Al día siguiente, desasosegado, me acerqué con mi perro al parque a la hora acostumbrado y sin prolegómenos le comenté a Marfa mi opinión sobre el cuento. Esperaba que el viejo me demostrase que mis pensamientos de la noche estaban equivocados. Pero el profesor me miró con una mirada en la que se apreciaba un punto de ironía y otro de vivacidad que me recordó de nuevo la mirada de su perra cuando vacilaba a Terri, se sonrió, me dio una palmada en el hombro y se fue deseándome suerte.

No volví a ver al viejo profesor ni a su perra aunque durante muchas mañanas paseé por Campo Grande con el corazón en un puño. Tampoco volví a estudiar; estaba absolutamente convencido que el día del examen saldría a relucir el espíritu de la perversidad que dominó al personaje del cuento y al profesor Marfa y me llevaría al desastre. Por supuesto, tampoco volví a abrir el libro de Poe, por miedo, no quiero ni pensarlo, a que ese demonio pudiera inmiscuirse en alguna otra faceta de mi existencia. Es peligroso leer a Poe. Ahora trabajo de mancebo en esta farmacia, una vez descartadas las oposiciones. Y ya no tengo perro.


Publicado en la Revista Axis, Sección Médicos y artistas, Abril 2006